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Cuando los dogmas olvidan la vida

Foto del escritor: Carlos Alberto Arana Altamirano
Carlos Alberto Arana Altamirano
hace 3 días
4 min de lectura

A lo largo de mis años de investigación y de mis encuentros con diferentes pueblos, culturas y espiritualidades, comprendí que el ser humano ha buscado explicar lo sagrado de muchas maneras. Construyó templos, escribió libros y creó ceremonias para responder a las preguntas que lo acompañan desde el origen: quiénes somos, de dónde venimos y qué lugar ocupamos en el universo.


Sin embargo, en algún momento de ese camino, muchas religiones comenzaron a preocuparse más por definir a Dios que por proteger la vida.


Se discutió quién poseía la verdad y quién podía hablar en nombre de lo divino. Se levantaron dogmas y jerarquías. Se trazaron fronteras entre creyentes e infieles, puros e impuros, elegidos y condenados.


Mientras tanto, la naturaleza fue quedando fuera.


Los animales fueron considerados seres inferiores, creados para servirnos. Los bosques se convirtieron en recursos; los ríos, en canales de producción; las montañas perdieron su espíritu y pasaron a ser depósitos de minerales. El ser humano se colocó en la cima de la creación y comenzó a comportarse como si todo le perteneciera.


Muchas religiones hablaron de salvación, pero pocas se preguntaron quién salvaría a la Tierra de nosotros.


Construimos templos para venerar al creador mientras destruíamos su creación. Elevamos oraciones por la vida mientras aceptábamos el sufrimiento de millones de animales. Hablamos de compasión dentro de los recintos sagrados, pero fuera de ellos continuamos talando bosques, contaminando ríos y expulsando a los pueblos que los protegieron durante generaciones.


Esta contradicción aparece cada vez que una creencia se vuelve más importante que la vida que pretendía honrar.


El dogma ofrece seguridad. Nos dice qué debemos creer y nos evita el vértigo de la incertidumbre. Pero también puede encerrar el pensamiento, convertir la duda en culpa y entregar nuestra conciencia a quienes aseguran poseer respuestas definitivas.


Cuando una autoridad cree conocer toda la verdad, deja de escuchar. Cuando se considera elegida por Dios, puede terminar colocándose por encima de los demás. Y cuando una institución protege su poder antes que a los vulnerables, lo sagrado se convierte en un instrumento de dominación.


Eso no significa negar el valor de las religiones. En ellas encontramos enseñanzas profundas, belleza, memoria y seres humanos que entregaron su vida al servicio de los demás.


El problema no es creer.


El problema comienza cuando la creencia deja de ayudarnos a comprender la vida y pretende gobernarla desde arriba.


Jesús de Nazaret no habló desde un palacio. Caminó entre enfermos, pobres, mujeres y personas excluidas. Conoció el miedo, la tristeza y el abandono. Cuando preguntó «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», tocó el fondo del dolor humano.


Pero tocar fondo no significa fracasar.


Jesús no fracasó. Fracasar habría sido abandonar a los vulnerables para acercarse a los poderosos. Habría sido guardar silencio para conservar la vida o renunciar a sus convicciones a cambio de seguridad. No lo hizo. El poder consiguió ejecutar su cuerpo, pero no logró doblegar su conciencia. Se fue con dolor y preguntas, pero también con dignidad.


Con el tiempo, su figura fue rodeada de dogmas, riquezas y jerarquías. El hombre que cuestionó el poder terminó siendo utilizado para legitimarlo. El maestro que caminó sin posesiones fue representado en templos cubiertos de oro. Su mensaje de compasión fue invocado durante conquistas, persecuciones y guerras.


Pero su enseñanza no pertenece exclusivamente a una institución. Continúa viva cada vez que alguien defiende al vulnerable, comparte sin esperar recompensa o conserva su dignidad frente a quienes intentan someterlo.


En las espiritualidades andinas y amazónicas encontré otra manera de aproximarse a lo sagrado. Allí, la naturaleza no es únicamente un escenario alrededor del ser humano. Es presencia, memoria, vínculo y comunidad. La montaña, el río, el bosque, el animal y los antepasados forman parte de una misma trama de relaciones.


Estas cosmovisiones tampoco deben ser idealizadas. En toda sociedad existen conflictos, abusos y contradicciones. Un sabio, un curandero o una autoridad indígena también puede equivocarse o utilizar su posición para dominar. Ninguna cultura es perfecta y ninguna tradición debe quedar fuera de la reflexión crítica.


Pero los pueblos ancestrales conservaron una comprensión que la modernidad fue perdiendo: el ser humano no está solo ni ocupa necesariamente la cima de la existencia.


Dependemos del agua, del aire, de las plantas, de los animales y de seres tan pequeños que apenas podemos ver. Nuestra vida no es una posesión individual, sino el resultado de innumerables relaciones.


Por eso, una espiritualidad que ignora a la naturaleza está incompleta. Una religión que habla de amor mientras acepta la crueldad hacia los animales necesita revisar su conciencia. Una doctrina que promete otro mundo mientras permite la destrucción de este ha olvidado el suelo sobre el que nació.


Desde Wallawisa no buscamos crear una nueva religión ni reemplazar un dogma por otro. Tampoco pretendemos poseer respuestas definitivas. Nuestra búsqueda nace del encuentro entre la experiencia, la memoria ancestral, la naturaleza y las preguntas que permanecen abiertas.


Ninguna tradición posee toda la verdad. Cada pueblo ha contemplado una parte del misterio desde su propia historia y su territorio. Quizá la verdad no se encuentre encerrada en un libro, un templo o una doctrina, sino dispersa en las diversas formas de existencia.


Toda enseñanza espiritual debería reconocerse por sus frutos: cómo trata al vulnerable, cuánto poder concentra, qué libertad permite, qué lugar concede a la mujer, cómo mira a otros pueblos y qué relación mantiene con los animales y con la Tierra.


Lo sagrado no debería separarnos de la vida, sino devolvernos a ella con una conciencia más despierta.


Tal vez Dios, los espíritus o aquello que cada pueblo reconoce como misterio no necesiten que los defendamos con dogmas. Quizá sean los bosques, los ríos, los animales y los seres humanos olvidados quienes necesitan ser defendidos.


Porque ninguna fe puede considerarse completa mientras ignore una parte de la vida.


Carlos Alberto Arana Altamirano

Fundador de Wallawisa



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